
Gaitas y flautas célticas me cosquillean la mente y calientan el pecho como vino tinto. Cuando los frondosos bosques lo permiten, las llanuras y lagos de Suecia se deslizan silenciosos a través de la ventana del vagón.
Atrás quedan nostalgias de cosas nunca vividas, manifestándose mediante la alquimia de una taza de té de jazmín y una canción de Cara Dillon. Atrás quedan esperanzas ajenas truncadas por el amor de un ser lejano, sólo conocido por el nombre. Sensaciones para siempre perdidas se reciclarán con el golpe virtuoso de un gracioso y diminuto abanico japonés.
Espérame primavera.