Cementerio vikingo

Enero 19, 2008
Es de noche y el viento frío aulla entre los árboles del invierno sueco.

Las rocas se alzan a mi alrededor, sólo veo lo que mis ojos míopes y la luz de la luna me ofrecen.

Las sombras se deslizan a mi alrededor raudas, no hay un alma en cientos de metros a la redonda. Sólo yo, la noche y el cementerio vikingo.

Mientras camino, me pregunto si existirán los fantasmas. No tengo ningún miedo, incluso sería agradable charlar con alguno. Pero las sombras cambiantes me mantienen alerta por mucho que intento relajarme. Este lugar es tan antiguo… ¿cuánta gente habrá enterrada aquí?

Es un cementerio usado hace muchos siglos, incluso se encontraron espadas, escudos y lanzas junto con los huesos incinerados de muchos hombres y mujeres. Se excavó sólo una pequeña parte. El resto está intacto. Camino por encima de huesos y antiguas armas de batalla.

Llego a una explanada de hierba que se extiende lejos, muy lejos. Estoy sólo en medio de la nada. La luna y las estrellas miran desde arriba. Yo estoy arrebujado en una sudadera con la capucha echada y las manos en los bolsillos.

El viento tironea de mis ropas, el aire es fresco y límpido.

Regreso a casa purificado.


A través de la ventanilla

Diciembre 20, 2007

 

Gaitas y flautas célticas me cosquillean la mente y calientan el pecho como vino tinto. Cuando los frondosos bosques lo permiten, las llanuras y lagos de Suecia se deslizan silenciosos a través de la ventana del vagón.

Atrás quedan nostalgias de cosas nunca vividas, manifestándose mediante la alquimia de una taza de té de jazmín y una canción de Cara Dillon. Atrás quedan esperanzas ajenas truncadas por el amor de un ser lejano, sólo conocido por el nombre. Sensaciones para siempre perdidas se reciclarán con el golpe virtuoso de un gracioso y diminuto abanico japonés.

Espérame primavera.